¡Detente!
El gélido sable que corta las lágrimas de infamia
¿Cuándo culminará mi
destrucción impaciente?
Transcurre el otoño de octubre,
Sobran las dudas
perturbadoras
Y de noche la bella luna límpida resurge
que mi corazón
agonizante escupe en negras horas
Evidenciando marcas de su eterna edad,
¡Callen! Escucho música
en lontananza,
Luciendo la blanca túnica que presagia el invierno
murmullos vibrantes
que un camino trazan
Él implora el desvanecimiento de la ilusión otoñal,
Arrástrenme, palabras,
a esa luz efímera
La que augura frío e infelicidad en este mundo cambiante
Halen mi voluntad
quebrantada hasta esa lánguida hoguera
De ulteriores deseos, caprichosamente cumple éste:
¡Consuman mi pena
hasta las cenizas!
Cruzando el río, caminando sobre la espuma que le sostiene,
¡Absuélvanme de la
condena que me exilia!
Avanza hacia la tibieza de su humanidad
Pero digan, por qué
hay lágrimas en mis mejillas
Consciencia de la mirada propia que lo atosiga sin vacilar
¿Por qué anhelo que
otro corazón de mis pecados me exima?
El descuido es tal que, de ser perseguido,
No puedo luchar; me
rindo ante el miedo
Lo habrían aniquilado sus enemigos
y en mis labios reza
el tremor de un tibio sentimiento…
El temor eclipsa a la luna
No comando más la
bruma que mi panorama nubla
Pero no es una persecución lo que lo empuja
Mis párvulas plegarias
ofrecen nulo consuelo,
A violar las reglas de la Naturaleza
no alivian el
cansancio que mi oscurecida fe rumia
No, lo motivaba a refugiarse cual presa
Quiero saber dónde
ocultarme, dónde guardar
El miedo al amor…